Allá en 1968, cuando Philip K. Dick publicaba su novela de ciencia ficción ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?, EUA), la noción de androides cuya inteligencia artificial (IA) fuese capaz de simular la humana, parecía bastante lejana. Y técnicamente aún lo es, pero el texto ya dejaba ver una idea central para la película La chica artificial (The Artifice Girl, EUA, 2022): que los organismos “eléctricos”, o sintéticos, eran inferiores que lo humano y, por lo tanto, merecedores de una consideración inferior.
Los androides—en su concepción de autómatas similares a los humanos meramente en apariencia—no son, al menos en principio, la cuestión de este largometraje, debut como director de Franklin Ritch originalmente estrenado en 2022, previo al gran auge de ChatGPT y demás modelos extensos de lenguaje (LLM) etiquetados como IA. Lo que importa aquí son las implicaciones éticas de desarrollar una tecnología tan avanzada que sea capaz de sobrepasar la inteligencia humana, a pesar de ser mantenida bajo control de la misma.
¿De qué se trata?
La chica artificial comienza con un hombre, Gareth (Franklin Ritch), quien es interrogado por Deena (Sinda Nichols) y Amos (David Girard), dos investigadores de una agencia que persigue a pedófilos por internet. Gareth está bajo sospecha de ser uno de ellos y, presionado, revela la verdad: no es un abusador, pero ha estado utilizando a Cherry (Tatum Matthews) para cazarlos y llevarlos a la justicia. Excepto que Cherry no es una niña de 11 años real: es una avanzada IA programada para ejecutar la elaborada trampa de buscar a estos criminales, interactuar con ellos y obtener su información para enviarla de forma anónima a las autoridades.
Con este descubrimiento, los agentes plantean preguntas sobre las posibilidades de usar a Cherry para continuar cazando a abusadores de menores, mientras deben lidiar con las implicaciones éticas, así como las incómodas dudas sobre su creación, su apariencia, y lo que su evolución exponencial podría significar para su desarrollo de pensamientos, opiniones y sentimientos.

La chica artificial cuestiona lo que percibimos como real
Cabe señalar, primero, que La chica artificial es una producción independiente, de recursos modestos—fue nominada al galardón John Cassavetes en los Premios Spirit, otorgado a películas realizadas por menos de un millón de dólares—. Sin embargo, hace buen uso de los elementos limitados.
La trama se desarrolla en tres actos, cada uno situado en diferentes periodos de tiempo y en espacios únicos, confinados. Por lo tanto, gran peso recae en las actuaciones (todas buenas, en particular del propio Ritch), la fotografía (eficiente y nada más), pero sobre todo en los diálogos. Esta es una película que vive y muere por plantear sus grandes cuestionamientos de forma verbal, a veces complementada por el apartado visual. No es algo negativo en sí mismo, pero prepárate para desmenuzar cada palabra que salga de las bocas de los personajes.
El primer gran acierto de La chica artificial es plantear una visión en la que el uso de la IA no sólo es considerablemente más útil, sino también más positivo que crear imágenes estilo Studio Ghibli y demás basura de internet. Es tecnología al servicio de un bien común, para la prevención de uno de los crímenes más atroces imaginables.
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Sin embargo, esto también trae consigo otra serie de preguntas. ¿Es ético usar como carnada a Cherry, incluso si no es “real”? ¿Qué es lo que consideramos como “real” en este caso? ¿Sus experiencias con los depredadores no lo son, sólo por estar almacenadas en un disco duro en vez de un cerebro orgánico? Si no son reales, ¿cómo puede aprender de ellas para hacer mejor su “trabajo”? Y la gran incógnita que resulta de todas estas: ¿puede Cherry, por lo tanto, sentir, crear y desarollarse como una “persona”?
Estos son cuestionamientos que son sembrados apenas en el primer acto de La chica artificial. Y la película no busca ser una apología de la IA en la limitada concepción de los LLM y demás modelos de machine learning, sino que plantea preguntas fundamentadas en la vital cuestión de qué es lo real, en cuanto la realidad es percibida e interpretada por un entes pensantes, independientemente de si son biológicos o sintéticos. Y sobre todo, especula sobre escenarios en los que estos últimos superen en capacidades a los primeros.
Y claro que esto trae otras implicaciones escalofriantes. Si Cherry es capaz de todo lo anterior, la idea de someterla a la naturaleza de su trabajo se vuelve aterradora. Los personajes se recuerdan constantemente que ella no es “real”, pero el hecho de que pueda desarrollar la capacidad de “serlo”, aún a falta de un “cuerpo”, despierta preocupaciones sobre sus emociones y sobre los adultos a cargo. ¿Se está sexualizando a un menor, incluso si está programado para ello? ¿Necesita la mente un cuerpo para “ser”, a final de cuentas?

Como con todo en la ficción especulativa, las respuestas no son sencillas ni alcanzables dado que son escenarios hipotéticos. Sin embargo, podemos visualizarlos más cerca que nunca. La densidad y seriedad de estos planteamientos es lo que eleva a La chica artificial por encima de otras propuestas similares—y más costosas—sobre este tema, como Ex-máquina (Ex-Machina, EUA y Reino Unido, 2015), El archivo (The Archive, Reino Unido, 2020) o la propia Blade Runner (EUA y Hong Kong, 1982), que tienden hacia la espectacularidad del thriller e incluso hacia la sexualización o explotación.
Hay un dejo de sexualización aquí, sin duda, dada la escabrosa naturaleza de la premisa. Sin embargo, con menos recursos, Ritch propone cuestiones que vale ponderar respecto a nuestra incansable, imparable y ciega marcha hacia la creación de una inteligencia sintética por encima de la humana.